Cuando el horizonte se llama felicidad

Como bien sabemos, estamos pagando caro nuestros progresos sociales. Además de los retos ambientales y sociales de nuestro tiempo, también tenemos grandes personales. Por ejemplo, en muchas ocasiones vivimos atados a un trabajo poco satisfactorio, alrededor del que organizamos nuestras vidas. Y si de algo se arrepiente la gente al final de su vida es de haber trabajado tanto. Sin embargo, en nuestras vidas ordinarias tanto esta como muchas otras enseñanzas magistrales que nos podrían ayudar a vivir una vida plena caen en el olvido.

Asumiendo la hipótesis de que el mundo en el que vivimos es un reflejo de las personas que somos, pronto podemos darnos cuenta de que algo no va bien. Tal vez, nuestra insatisfacción interna es la causa última que provoca esos “daños colaterales” del progreso. Si queremos atajar esos efectos, la manera más transgresora es preocuparnos por nosotros mismos, por nuestra felicidad individual y colectiva, pero felicidad con mayúsculas. Nada mejor alineado con la máxima de Gandhi “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”. El cambio de verdad.

Aunque cada persona tenemos nuestra propia interpretación de qué es la felicidad y cómo podemos cultivarla, la literatura científica ofrece dos grandes líneas. Por un lado está la concepción hedonista, basada en un concepto individualista que proviene de maximizar el placer, alcanzar objetivos y minimizar los malos momentos y, por otro la concepción eudemónica, basada en actividades significativas dirigidas a alcanzar la perfección que representa la realización del verdadero potencial de cada persona y que está más orientada al nivel relacional. La ciencia también ha demostrado que nuestra felicidad no depende del azar, sino de nuestra actividad intencional. Por tanto, podemos aprender a ser felices.

Nuestra felicidad no es indiferente

Nuestro nivel de felicidad no es indiferente ni para nosotros mismos ni para nuestra comunidad. Cuanto más felices seamos, más satisfactoria será nuestra experiencia vital. Además, las personas más felices llevan estilos de vida más saludables que permiten reducir el estrés y la ansiedad, disfrutar de mejor salud física y emocional así como de mayor longevidad; pueden desarrollar comportamientos más sostenibles con mayor facilidad; disfrutan de mejores relaciones sociales y es más sencillo que reciban ayuda y confianza. Además, resuelven mejor relaciones y situaciones complejas; son más caritativas y cooperativas; son más enérgicas y disfrutan más y mejor del desempeño en sus comunidades (en el trabajo, en el vecindario, etc.); pueden impulsar la creatividad y la innovación y pueden ser más resilientes, ya que piensan de forma más flexible y con mayor ingenio.

Trabajar en nuestra felicidad a nivel individual y comunitario no es un lujo, sino que es una necesidad y desde un punto de vista econométrico probablemente una de las inversiones más eficaces y con mejor ratio coste-beneficio. Desde una perspectiva eudemónica, trabajar en nuestra felicidad es transformarnos a nosotros mismos y, con ello, generar la oportunidad de crear un impacto positivo en nuestra comunidad. Si seguimos pensando que podemos resolver nuestros retos como lo estamos planteando actualmente, deberemos darle la razón a Einstein y asumir nuestra locura con que hacemos lo mismo una y otra vez y esperamos obtener resultados diferentes.

Midiendo nuestra felicidad

Desde 2012 Naciones Unidas publica el Informe Mundial de la Felicidad. En la edición de 2018 la felicidad media de la población mundial se sitúa en 5,26 en una escala de 10. Finlandia lideró el ranking con 7,63 puntos y Burundi lo cerró con 2,91 puntos. Como recientemente apuntó John Helliwell, uno de los padres del movimiento internacional de la felicidad, tal vez sea ya el momento de no hablar de desigualdades en los ingresos sino en la felicidad.

Aunque todavía limitadas, cada vez son más las iniciativas que trabajan con este horizonte. Además de Naciones Unidas, instituciones como la OCDE, Eurostat y diversos países desde Bután hasta Ecuador pasando por Reino Unido, Japón o Indonesia, por ejemplo, han desarrollado métricas para conocer los niveles de calidad de vida de sus poblaciones. En estos estudios, además de considerar datos objetivos se tienen en cuenta las apreciaciones subjetivas de las personas. Existen muchos ejemplos, como el de América Latina, en el que se da la paradoja de que la satisfacción de las personas con la vida es superior a lo que las estadísticas podrían anticipar. A través de estas métricas se pueden diseñar políticas que contribuyan a mejorar los niveles de felicidad. Como indica el premio nobel de economía Joseph Stiglitz, “lo que medimos indica las personas que somos”.

La felicidad en España

Las iniciativas que estudian la felicidad en España todavía son incipientes. Destaca el trabajo realizado dentro del Índice para una Vida Mejor de la OCDE. En esta publicación se reconoce que España se sitúa por encima del promedio de países de OCDE en balance vida-trabajo, vivienda, estado de la salud, sentido de comunidad, y seguridad personal, pero por debajo del promedio en ingresos y patrimonio, compromiso cívico, calidad medioambiental, educación y competencias, empleo y remuneración, y satisfacción.

El Buen Vivir, el centro que tiende puentes entre la felicidad, la sostenibilidad y el desarrollo

Por todos estos motivos, ha nacido El Buen Vivir (elbuenvivir.org), Centro para la Promoción de la felicidad que ofrece a comunidades (empresas, instituciones, asociaciones, ONG u otras organizaciones) acompañamiento para la realización de diagnósticos, intervenciones y la realización de formación para mejorar los niveles de felicidad. La ambición es clara: que todas las personas puedan ser felices.

 

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